La
Ascensión
Una meditación ignaciana para jóvenes
Escuchá la canciónEscuchala y sentila
Dos versiones para que elijas cómo encontrarte hoy con esta celebración.
¿Te gustó? Hay mucho más en el canal.
▶ Ver el canalVersión completa
«Esta mañana el cielo se abrió.
No importa cómo fue tu mañana.
El cielo se abrió igual.»
Respirá despacio.
Dejá que el ruido del día se vaya acomodando afuera. No lo estás apagando. Solo lo estás poniendo a un costado por unos minutos.
Estás acá. En este momento. Y eso ya es suficiente.
Pensá en esta mañana. La tuya. La de hoy. ¿Cómo fue? ¿Apurada? ¿Con el celular en la mano antes de levantarte? ¿Con frío? ¿Con ganas?
No importa cómo fue. El cielo se abrió igual.
Eso es lo que nos dice la Ascensión: hay una dimensión de la realidad que no depende de cómo nos levantamos. Una presencia que no se cansa, que no se distrae, que no se va aunque nosotros no la veamos.
¿Hubo algún momento hoy, aunque sea pequeño, donde sentiste que algo más grande que vos te estaba sosteniendo?
Quedáte con eso un momento.
Hay algo que nos cuesta entender de la Ascensión. Jesucristo sube al cielo… y eso se festeja. ¿Por qué festejar una despedida?
subió para hacernos lugar.»
San Ignacio nos enseñaba a contemplar las escenas del Evangelio como si estuviéramos ahí. Entonces: cerrá los ojos un momento.
Estás en el Monte de los Olivos. Es de mañana. El aire es fresco. Los discípulos están ahí, mirando hacia arriba, con la boca abierta, sin entender del todo. Y Él sube. Despacio. Entre nubes. Y en un momento… ya no se ve.
¿Qué sentirías vos en ese momento? ¿Miedo? ¿Asombro? ¿Tristeza? ¿Algo de los tres?
Los discípulos también sintieron todo eso. Y sin embargo, el Evangelio dice que volvieron a Jerusalén con alegría. Porque entendieron algo que nosotros también necesitamos entender:
es porque está haciendo lugar
para algo más grande.
¿Hay alguna situación en tu vida donde sentís que Dios se fue, que no aparece, que el silencio es demasiado largo? Nombrala en silencio. Sin apuro. Ahora ofrecésela. Como los discípulos que miraban hacia arriba.
y el mundo nos necesitá.»
Esto no es un slogan. Es una vocación.
San Ignacio pasó mucho tiempo preguntándose para qué había nacido. Qué hacer con su vida. A quién servir. Y en ese proceso, en esa búsqueda larga y a veces dolorosa, fue encontrando que la pregunta no era tanto qué hacer sino desde dónde hacerlo.
Hacerlo desde el amor. Desde una pertenencia real. Somos tuyos. Eso va primero. Después viene el resto.
Ejercicio ignaciano — Las dos imágenes
Imaginá dos escenas de tu vida cotidiana. En la primera: sos vos buscando reconocimiento, con miedo a quedar afuera, comparándote. En la segunda: sos vos actuando desde lo más profundo de lo que sos. Sin miedo al juicio. Sirviendo sin calcular.
¿Cuál de las dos te da más paz? ¿Cuál de las dos te cansa más?
ni qué nombre tendrá el mañana,
pero hay algo que guardamos adentro:
una luz que no se nos apaga.»
Ser joven hoy no es fácil. Hay mucha incertidumbre. Mucho ruido. Muchas versiones de quién deberías ser. Y a veces la fe parece chica al lado de todo eso.
Pero la Ascensión nos dice exactamente esto: Él no nos dejó solos. Nos dejó con algo adentro.
Ese algo es el Espíritu. Esa llama que a veces no la sentís, pero está. Que a veces parpadea, pero no se apaga.
Y si querés, repetí muy despacio, para adentro:
«Hay una luz en mí que no se apaga.»
Una vez. Otra vez. Una más.
Como hacía San Ignacio al final de cada oración: hablá con Jesús. Como un amigo habla con un amigo. No hace falta que sea perfecto. No hace falta que sea largo.
Subiste al cielo, pero te quedaste en mi amor.
Ayudame a creerlo cuando no lo sienta.»
Y después: un minuto de silencio real. Sin apuro.
1. ¿Qué momento de hoy quiero ofrecerle a Dios?
2. ¿Qué quiero pedirle para mañana?
3. ¿Qué pequeña cosa concreta puedo hacer esta semana como respuesta a lo que sentí hoy?
No las respondas en voz alta. Guardalas adentro. Como esa luz que no se apaga.
El día sigue.
Pero algo cambió un poquito adentro.
Eso es suficiente.
¿Te resonó esta meditación?
Cada semana subimos nuevos contenidos para nutrir tu fe. Suscribite y no te pierdas nada.
¿Tenés solo dos minutos?
Esta versión corta está pensada para momentos en movimiento. En el bondi, entre clases, antes de dormir. Lo esencial, condensado.
Versión dos minutos
Para leer despacio, en voz pausada.
Cerrá los ojos. Respirá.
Esta mañana el cielo se abrió.No importa cómo fue tu mañana.
El cielo se abrió igual.
La Ascensión no es una despedida. Es una promesa. Él subió para hacernos lugar. Y antes de irse, dejó algo adentro nuestro: una luz que no se apaga.
Pensá en un momento de esta semana donde te sentiste solo, perdido, o sin respuestas. Nombralo en silencio. Ahora ofrecéselo. Sin explicarlo. Solo ofrecéselo.
«Somos jóvenes, somos tuyos.»Eso va primero. Antes que los planes, antes que los miedos, antes que las dudas. Somos tuyos.
Repetí para adentro, una sola vez:
que no se apaga.»
Ahora hablale como a un amigo. Decile una cosa. Solo una. Lo que tengas. Lo que puedas.
Llevá esa luz con vos.
No se apaga.
