Parpadeo un Cuento

Parpadeo un cuento pintado con olor a matecito recién cebado, el eco de bandoneón porteño, milonga triste en un barrio de poetas y cantantes.

Alfredo Musitani (Voz y Letra) Basado en un Poema anónimo «Parpadeo».

El eco del bandoneón y la mirada que espera

El aroma a yerba mate recién cebada se mezclaba con el eco de ese bandoneón lejano, un sonido tan porteño, tan de Buenos Aires, como el propio pulso de esa ciudad. Él, con sus recientes, flamantes sesenta, se sentía como una milonga triste en un disco rayado.

Mientras miraba por la ventana de su departamentito en ese barrio de poetas y cantantes, donde los árboles guardaban las historias y los balcones parecían ojos cansados. A veces, recordaba a aquella vecina, una voz femenina que había vibrado en los escenarios de los años 70 y había tenido su fama juvenil.

Siete años. Siete años de párpados vacíos, de una vida que se le escurría entre los dedos como arena fina. Recordaba ese poema, ese tal “Parpadeo” que le había resonado con una dolorosa familiaridad. «Parpadeaste y se terminó el año y comenzó uno nuevo. Y entre parpadeos y parpadeos crecieron tus hijos…»

Esa frase, en particular, era una puñalada. Una daga que entraba en la panza. Sus dos estrellas lejanas, pero siempre cercanas, estaban pintadas en sus cuadros, pintadas con los pomitos de óleo que alguna vez pertenecieron a la abuela Susy, la abuela de ellas, y que él había heredado «como el único pintor en la familia que seguía los pasos de la viejita» cuando ella partió al cielo. La mayor, la nena que había tocado el gong en una noche mágica de cientos de chicos haciendo resonar la música clásica de un Carmina Burana en las inmensas cascadas del sur allá en el Iguazú…

Hacía… hacía pocos años… pero hacía tantos años…

Esa imagen, tan vívida, contrastaba con la distancia actual. Ahora, una mujer de veinte años, inmersa en los misterios de la medicina. ¿Cómo habría sido verla estudiar, desvelarse con todos esos libros de anatomía, celebrar un parcial aprobado? Él se la imaginaba con el ceño fruncido,  concentrada, y después con una sonrisa de victoria al entender algo complicado. Ahora, la escuchaba a través de terceros, de amigos, de cuñados, de sobrinos… sabía que el amor había asomado en su vida. Un amor de pareja. La idea lo enternecía y lo desgarraba a partes iguales. ¿Quién era ese joven? ¿Sería bueno para ella?

El parpadeo de su ausencia le había robado la oportunidad de estar allí, de ofrecer una palabra de consejo, un abrazo de papá, un abrazo paternal…

Y la más chiquitita, su pequeña, ya en el colegio secundario. Recordaba sus abrazos, esos tan fuertes que sacaban el aliento a sus amigas y amigos, y también a su papá, todos los días cuando la dejaba en las puertas del colegio. Ahora, ¿qué soñaba? ¿Qué desafíos enfrentaba en su adolescencia? Ella, tan distante, con un papá que parecía una sombra en la lejanía. El poema lo interpelaba: «Y mientras parpadeamos sin VER al otro, nos perdimos un rato de risas, un abrazo, un amor, una caricia y un último ‘te quiero’ a ese alguien que ya no vamos a ver».

El dolor lo asfixiaba…

Él había sido ingeniero, había dedicado muchísimos años de su vida a una empresa grande en el sur allá en Argentina, de la que ahora se había retirado.

En sus años jóvenes, la vida lo había llevado a ser paracaidista, una pasión que casi le cuesta la vida en sus primeros saltos, cuando la adrenalina le hizo rozar el abismo. Estuvo casado desde muy joven, y después de ocho años, sufrió una dura separación de su primera esposa, una hermosa mujer a quien él amó profundamente. Esa experiencia le había enseñado sobre el dolor de las pérdidas. Pero también, desde hacía muchísimos años, el tango era su refugio. Había bailado en innumerables milongas, todas las milongas de Buenos Aires, también de Londres, y de Nueva York, y de Paris y de Vicenza, y hasta llegó a competir en el Mundial de Tango de Buenos Aires, donde el compás lo transportaba a otro lugar.

Hoy, todavía continuaba girando en las pistas, encontrando consuelo en cada paso. Una separación, la última, la de la madre de sus hijas, fue muy dura y sin sentido. Esa era la herida que no cerraba. Había intentado todo, o al menos eso creía, en su momento. Pero la vida, implacable, había seguido su curso, llevándose consigo la cotidianidad, las risas compartidas, las «buenas noches» antes de dormir. Esos cuentos de las mil y una noches leídos e inventados medio y medio para que las chicas no escucharan las cosas de adultos que se decía ahí en «las noches de arabia».

El se había enfrascado en el trabajo, en la plata que, como bien decía el poema, «no alcanza». Los sueños, los había guardado en un cajón, esperando un «cuando se pueda» que nunca llegaba.

«¿Y si dejamos de parpadear un rato?», se preguntó él en alta voz,

«¿Y si dejamos de parpadear un rato?», se preguntó él en voz alta y a los gritos, 

«¿Y si dejamos de parpadear un rato?»… mientras el bandoneón de la calle parecía responderle con una melodía melancólica.

«Digo… ¿si bajamos la velocidad, salimos del automatismo que nos empuja la vida y empezamos a mirar, a mirar de verdad, a mirar con los ojos del corazón, a mirar con el alma?»

La primavera. La primavera en la gran ciudad, tan tanguera, tan porteña. Ese soplo del Espíritu Santo que prometía el poema. Ese soplo de Dios, ese manto de La Madonna. Esa oportunidad nueva. Él sintió un escalofrío que no era de frío, sino de una tenue, pero poderosa, esperanza. Ese calorcito que estaba dentro de su corazón guardado parecía chispear. Si la vida era una secuencia de parpadeos, él estaba decidido a abrir los ojos, a que el próximo fuera una mirada plena, una mirada mirada abierta, una mirada ojo contra ojo, corazón con corazón. 

«Mirá a tus hijos mientras hacen su tarea o corren en el jardín o en el parque o aprenden a andar en bicicleta o a bailar.» La imagen de la chiquitita con sus libros, la de la grande con sus apuntes de medicina, se agigantaron en su mente y en su corazón. 

¿Y si él pudiera volver a mirar, a ver de verdad?

No con los ojos que ven la ausencia, sino con el alma que anhela la cercanía. Se levantó, la mirada fija en el calendario. Faltaba poco para el inicio de la primavera. Decidió que ya no esperaría más por un milagro externo. El milagro sería él. Sería su decisión. Iba a dejar de parpadear, de esperar un «cuando se pueda». Iba a ganar felicidad al tiempo, como decía el poema.

Tomó el teléfono… Las manos le temblaban… «Que el tiempo nos encuentre celebrando», se dijo… Era hora de intentar, una vez más, que esos momentos de felicidad no se los llevara ni la muerte, sino que quedarán grabados en el espacio infinito en el corazón de Dios con toda la energía del Alma. Era hora de dejar de ser una sombra distante y quizás, solo tal vez, volver a ser el padre que sus hijas podían recuperar con un soplo de primavera…

Cuento y Voz: Alfredo Musitani, a partir de asociaciones libres del Poema Anónimo «Parpadeo»

(Cuentos y Audiolibros)